1996

La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial? ¿Dónde quedaría el libre albedrío, esa manía tan humana de intentar elegir lo más favorable? ¡Simplemente escogería la misma posibilidad que ya una e innumerables veces tomé antes!” De este modo, alborotado e iracundo, se dirigía el profesor de filosofía en aquella primera clase donde nadie prestaba atención. Excepto yo. Pero bien mirado, nunca debía hacerlo, si es que, desestimando aquella tesis, tuve alguna elección.

En aquella época de bachillerato la premisa marcada era la de tratar aprobar sin demasiado esfuerzo, volcando el interés en evadirse a base de alcohol, hachís y otras distracciones anodinas. Y por una exótica curiosidad, aquella mañana encontré otro modo más de aturdirme fuera de la realidad: la lectura de Nietzsche. Un modo aparentemente más sano, al menos, a corto plazo.

Pronto, de aquellos libros infernales, sinteticé principios clave. El primero: la verdad no es patrimonio de nadie. La rebelión comenzó en una comida en casa. El tono autoritario, asiduo en aquella rutina alimentaria, presidió la conversación comandada por mi padre.

—El mundo se va a la mierda. Esta generación perdida hará de él un vertedero en llamas. Solo me consuela pensar que no llegaré a verlo o me alcance tan viejo que únicamente me provoque la risa.

—Seguramente eso pensó el abuelo en plena Guerra Civil —salté yo—. O con aquel hongo atómico que cerró la Segunda Carnicería Mundial. Y fíjate hasta dónde llega la alopecia del menor de sus hijos, a la par con su despoblación neuronal.

La agresión física (una hostia oportunamente esquivada) fue conmutada por una deportación a mi habitación por unos días. Creerás desmedida mi reacción; era la respuesta lógica al segundo principio adquirido: dinamitar a los ídolos. Mi padre por descontando carecía de semejante calificación. Pero debía comenzar por algo, digamos, más pequeño.

Kurt Cobain, llorica crónico y depresivo auto-devaluado, solo tuvo la originalidad de acabar a plomo la trillada maldición del dark star; Historias del Kronen, una horrible parodia del joven rebelde sin causa y sin ninguna posibilidad ni interés en hallarla; Éric Cantona, un bárbaro francés zurra-balones cuya máxima hazaña para merecer su abultado salario era precisamente la más infame: responder a puñetazos a las babosas injurias de un hooligan. Con afirmaciones como estas, formuladas entre el grupo de amistades que frecuentaba, continué mi cruzada . Además comencé a fomentar interminables discusiones donde no solo se trataban cuestiones generales, también se analizaban aspectos más personales como: Juan “El Loro”, un neocotilla forzado a desestimar a los demás para alzar su patética y vacía presencia; Miguel, un podrido hippy adicto al superficial pose insumiso; María “Madonna”, una frágil furcia sin mayor talento que dejarse llevar por su ignorancia congénita… Así logré alcanzar mi tercera consigna: abandonar el camino preestablecido. La mayor parte de ellos se alejaron definitivamente al poco tiempo.

Seguidamente rompí con todas mis antiguas ataduras. Rompí con las obligaciones académicas. Rompí con cualquier tipo de comunicación familiar. Rompí con la televisión, la radio y la prensa (maliciosamente) escrita. Rompí con las salidas de recreo etílico o psicotrópico. Y el último ser humano que aguantó conmigo zanjó su presencia diciéndome: “No me extraña que Sonia te dejara. Eres un cretino en caída libre”. Probablemente Julio tuvo la generosidad de advertirme de mi ceguera. El hecho es que se cumplió así mi cuarto objetivo: fundar un desierto propio.

Exiliado en la biblioteca municipal. Durmiendo y comiendo en un albergue. Estuve dedicado única y exclusivamente a la lectura. De Nietzsche pasé a Schopenhauer, Deleuze, Marcuse, Marx, Freud…, en una absoluta orgía desordenada. Ningún autor latino (ni pasado ni presente). Demasiado tibios. Excesivamente conciliadores.

Buceando en el yo. Boicoteando continuamente mis antiguos planteamientos. Buscando las auténticas manos que dirigían la conciencia desde la trastienda de mi mente. Así configuré un método: ante una cuestión siempre debería desechar la primera respuesta, asediándola una y otra vez hasta llegar al punto cero. Mostraré un ejemplo: pensemos qué nos lleva a levantarnos cada mañana. Afirmaremos que el trabajo, el estudio o cualquier otra obligación. Pero esa no sería la razón. Tales deberes son fruto de obtener un confort material directo o futuro, que tampoco serían el verdadero propósito. Alegaríamos que ese intermediario monetario nos permite mantener las necesidades, siendo éstas la principal fuente de nuestras motivaciones: primeramente, las necesidades básicas; posteriormente, las lúdicas. Pero en el fondo todas son exigencias primarias: las básicas no cuentan una vez cubiertas y las alegrías inmediatas (las lúdicas) pasan a ser prioridad. La frustración hedonista, derivada de la imagen generalizada de nuestro descontento primer mundo, nos dejaría en un callejón sin salida. Quedaría el cuento de la autorrealización, fomentado en la creencia previa de desarrollar el máximo potencial individual logrando así el mayor grado de satisfacción subjetiva: es decir, la felicidad personal. Algo muy bello así formulado pero demasiado impreciso: ¿cómo diablos obtener, de qué modo llegar a esa ansiada felicidad? Aquí los consejos filosóficos fallan irremediablemente: Nietzsche sugiere recuperar la inocencia creadora, Heidegger se inclina por el atajo de la exploración ontológica, Marcuse la sublimación del Eros… Patrañas indeterminadas dictadas por el simple orgullo de no reconocer la ausencia de respuestas. El despiadado punto cero.

Pasé varias semanas absorto intentando avanzar, de rellenar aquel agujero que se extendía como un abismo. La única solución recurrente pasaba por negar la existencia de ella. Y si en un principio llegó la casualidad de Nietzsche, al final llegó la causalidad de E. M. Cioran. En una recopilación de distintos trabajos escritos por aquél rumano insomne, hallé un apartado con el sugerente título de “Adiós a la filosofía”:

“[…] la filosofía –inquietud impersonal, refugio junto a ideas anémicas- es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida. Poco más o menos todos los filósofos han acabado bien: es el argumento supremo contra la filosofía. El fin del mismo Sócrates no tiene nada de trágico: es un malentendido, el fin de un pedagogo, y si Nietzsche se hundió, fue como poeta y visionario: expió su éxtasis y no sus razonamientos”.

Y sigue:

 “No se puede eludir la existencia con explicaciones, no se puede sino soportarla, amarla u odiarla, adorarla o temerla, en esa alternancia de felicidad y horror que expresa el ritmo mismo del ser, sus oscilaciones, sus disonancias, sus vehemencias amargas o alegres […]”

¡De un golpe convertido en un ignorante bufón! ¡Toda mi determinación derruida en patéticas insinuaciones, rebajadas a una ridícula broma! Ahora me doy cuenta… ¡Solo fui un loco convencido en su inútil estupidez!

Deambulé con aquella muda fatalidad por calles que ya no reconocía, poseído por enfermas carcajadas sin cese. El tiempo perdió su medida, la gente se diluía en sombras irreales. El delirio ante aquella absurda evidencia fue creciendo hacia una sensación desquiciada de soledad y pánico. Las lágrimas quemaban en su torrente el desencajado contorno de mis ojos. El día se tornaba en noche o la noche en día. No quedaba salvación dentro de aquella grotesca tortura. Solo la muerte, esa ausencia de dimensión y dolor. Suspiré por el alivio de imaginarme frio y roto, desprovisto de aliento y vida. En el borde de la calzada, temblando de horror, solo el miedo me cerró los ojos segundos antes de lanzarme bajo los borrosos faros de un coche cualquiera.

Pero no. Obviamente no concreté mi propósito. Desperté en el pabellón psiquiátrico del hospital sin más heridas que pequeñas contusiones y una pesada consciencia fruto de la medicación. Avisaron a mis padres y llorando zanjamos todas nuestras diferencias.

Llevo diez días tratando de obtener el alta. Aquí no hay muchas maneras de pasar el tiempo. Sin lectura por prescripción médica, paso la mayor parte abotargado delante del televisor, sin prestar atención, inmerso en mis recuerdos. Últimamente me acuerdo mucho de Sonia. De los escasos momentos que pasamos juntos. Es extraño. Antes no parecía más que otra diversión insustancial. Supongo que en eso también estaba equivocado.

Por cierto, creo que aún no me he presentado.

Llamadme Ismael.

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